DOSCIENTAS PALABRAS




                                                                                                                            Chinón - Francia

            Antes de bajar los dos escalones se apoyó contra la pared. 
            Después, suavemente se deslizó hasta sentarse y desprenderse del peso de su macuto.
            Llevaba tres horas caminando. Llevaba cuatro meses y siete días vagando sin rumbo.
            Tenía hambre, aunque su cuerpo acostumbrado al dolor, al frío, a la soledad, apenas lo transmitía al cerebro.
            Estaba y no estaba en una calle empedrada de un pueblo situado en la región centro de Francia. La gente lo miraba, lo esquivaba al pasar, dos personas muy amables le dieron los buenos días.
            Él, en cambio, estaba sentado ante su escritorio, escribiendo otro informe entre llamada y llamada.
            Un rayo de sol incidió sobre sus ojos, levantó la vista y no vio su ventana. «¡Casi cinco meses!, pensó».
            El rótulo era muy significativo. No tenía ningún texto pero era evidente que no lo necesitaba. Sin dudarlo se levantó, eso sí, tan lentamente como se había sentado. Se dirigió a la entrada.
            Estaba casi vacío. Detrás del mostrador, una mujer que llevaba el delantal como si de un elegante traje se tratase lo miró y, sin apartar la vista de sus ojos le dijo:
            —Te estaba esperando.
            —¿Nos conocemos? —le preguntó sorprendido.
            —No. Todavía.



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